Hoy estamos de aniversario –y van 8- y creo que es la primera vez que no lo pasamos juntos. Quizá por eso quería sorprenderte con esta carta un tanto impúdica que diga alguna de esas cosas que nunca te digo. Es un poco extraño mirar hacia atrás y ver lo fácil que nos ha resultado siempre tomar las decisiones difíciles: conocernos ocurrió con la mayor naturalidad del mundo. Sin casi darnos cuenta en pocas semanas ya estábamos viviendo juntos. Fue sencilla la decisión tuya de seguirme a un futuro incierto en otra ciudad y que tanto mal te hizo. No hicimos grandes debates acerca del hecho de casarnos y cómo hacerlo. Tampoco le dimos muchas vueltas a la decisión de tener hijos. Las grandes cosas de nuestra vida en común han ocurrido siempre con una pasmosa naturalidad. En cambio las más simples demostraron ser endiabladas y así, aún no tenemos una librería en el salón ni lámparas en los techos.
En estos años nos ha pasado de todo bueno y malo: en lo bueno hemos sido los mejores compañeritos del mundo. Y cuando lo malo, nunca hemos tensado tanto la cuerda como para llegar a romperla. Es cierto que algunos sueños se nos han quedado por el camino, que hay heridas de guerra, que has tenido que “aprender a contar”. Para ganar hay que saber perder y aceptar que siempre se pierde algo en el camino incluso en el mejor asfaltado. Nuestra vida en común no está hecha con las grandes palabras con las que los poetas ebrios de dopamina glosan el amor como si se tratase del desembarco de Normandía. Por el contrario, son los pequeños detalles los que confirman muchos días que las cosas están en orden en la casa común. Como cuando me acaricias y besas cuando llegas a la cama y yo ya estoy bastante más dormido que despierto, o cuando te acurrucas sobre mi pecho para que te acaricie los brazos o la espalda. Me gusta cuando te veo oler a nuestros hijos como quien aspira la más delicada fragancia y me dices que es una mezcla perfecta del de los dos. O cuando en momentos muy especiales todavía me quedo como tonto mirándote y veo un angelito igual, igual que aquella primera vez hace 10 años.
Mirando hacia a atrás veo que, una vez más, las decisiones más importantes las hemos tomado con una naturalidad que a veces se confunde con la ligereza como la de intentar mantener las cosas buenas que íbamos descubriendo en la vida aunque fuesen aparentemente incompatibles entre sí: nos hemos convertido en maestros del equilibrismo. Así hoy tenemos una vida en A tan convencional como la de cualquiera y una vida en B con bastantes pocos límites. Y transitamos de la una a la otra sin otros problemas que la falta de horas de sueño. Creo que desde el día 0 de nuestra relación supimos divertirnos juntos y muy pronto descubrimos que uno de los momentos más hermosos de la noche era el de volvernos juntitos a casa pasara lo que pasase. Quizá por eso nunca hemos necesitado un gran armazón teórico de razones para el amor: tantos años transcurridos, tanta gente que ha pasado y se ha quedado y sigues siendo tú con quien más me divierto, con quien más me gusta follar y la tía más lista que conozco.
En fin, que te quería decir que sí: que sí volvería a aquella fiesta en la que nos conocimos, que te volvería a buscar hielo para el vino tinto, que te volvería a mirar el culo de reojo, que te volvería a llamar para invitarte a cenar y que te volvería a preguntar si quieres ser mi cómplice. Y si decirle que sí un día a una desconocida es una acto de fe y arrojo creo que lo es aún más cuando se le dice a alguien cuya voz se conoce tan bien “que sería la de mi sangre, si se oyese”.
Un beso y el viernes estoy ahí. Y ya compro yo el pan.